
La superficie de Marte fue fotografiada por la sonda Mars Global Surveyor entre 1996 y 2001. Se conocen todos sus valles y montañas con una resolución espacial de hasta 50 metros. La de Venus la cartografió la Magallanes ya en 1989. Los mapas obtenidos muestran detalles hasta los 100 metros. Las imágenes de Mercurio captadas por la nave espacial Messenger desde 2011 han logrado resoluciones de hasta 665 metros. Sin embargo, aquí en la Tierra, la resolución de los mapas de la superficie rocosa de la Antártida no baja de los 50 kilómetros. ¿La culpa? Una capa de miles de metros de hielo que difumina los contornos antárticos. Ahora, un trabajo publicado en la revista Science muestra cómo es el continente antártico gracias a la rugosidad del exterior de la capa helada que lo oculta. La Antártida, con sus 13,6 millones de kilómetros cuadrados de extensión, es casi 28 veces más grande que España y siete veces México. Pero el 99% del continente está permanentemente cubierto de hielo y no es poco: 27,17 millones de kilómetros cúbicos, según Bedmap3, el penúltimo mapa, aquel impulsado por el Comité Científico para la Investigación Antártica (SCAR, por sus siglas en inglés). Un kilómetro cúbico de hielo son 1.000 metros de largo por 1.000 metros de ancho y otros 1.000 de alto, y así, 27,17 millones de veces. Por eso no es fácil saber cómo es la tierra que hay debajo. “Vemos una relación entre las características del paisaje bajo el hielo y las ondulaciones de su superficie”, cuenta Helen Ockenden, primera autora del estudio y glacióloga del Edinburgh Cryosphere, instituto de la universidad de la ciudad escocesa. “Las matemáticas que describen esta relación se conocen bien desde la década de 1960, pero ahora podemos combinarlas con observaciones satelitales modernas de la superficie del hielo y usarlas para cartografiar el paisaje bajo el hielo”, añade Ockenden. “Es como navegar en canoa y encontrar rocas ocultas bajo la superficie del agua, pero estas rocas producen remolinos que ayudan a localizarlas. El hielo es mucho más viscoso que el agua y fluye de forma muy diferente, pero podemos usar las características de la superficie del hielo para identificar las colinas y los valles ocultos”, compara la también investigadora de la Universidad de Grenoble Alpes, en Francia.Los primeros mapas del lecho rocoso se iniciaron en los años 50 del siglo pasado. Primero los lograban detonando explosivos en agujeros en la capa helada y midiendo con sismógrafos el tiempo que tardaba el eco de la explosión en rebotar y la forma de la onda. Con los radares, en particular los aerotransportados, se fueron afinando. Pero solo había datos fieles de las franjas ―los trayectos― sobre las que volaban. Para el resto del territorio se extrapola la información disponible de la topografía detectada a las zonas de sombra. En 2025, Bedmap3, el mapa impulsado por SCAR, acumuló todos los datos obtenidos desde los años 60, mejorados con 82 millones de nuevos puntos de referencia. El método publicado ahora ilumina las sombras que quedaban: con imágenes de alta resolución de la capa helada ofrecidas por los satélites actuales, deducen cómo es la tierra sobre la que descansa.Comparación de la resolución del nuevo mapa (izquierda) con la del más completo que había hasta ahora, el Bedmap3. El actual revela valles y colinas ocultos hasta ahora.Helen OckendenEs como si la orografía del hielo antártico fuera una imagen especular del fondo en el que se asienta. El grosor medio de la capa helada es de 1.948 metros, cifra que sube a los 2.148 metros si se excluyen las grandes plataformas de hielo que flotan sobre el mar. Pero la media esconde enormes oscilaciones, desde unos metros en las zonas más cercanas a la costa de la península antártica, en el oeste, hasta el extremo de la capa helada, que sube hasta los 4.757 metros, una meseta casi tan alta como el Mont Blanc, en una amplia zona de la Tierra de Wilkes, en la Antártida oriental. “Imaginemos que los Pirineos estuvieran cubiertos por una capa de hielo de dos kilómetros de espesor y que la única manera de intentar comprender la forma de las montañas que se encuentran debajo fuera realizando algunos perfiles desde el aire, pero que estuvieran separadas por unos 10 kilómetros y luego intentáramos interpolar la forma de todas las montañas”, plantea el glaciólogo Robert Bingham, profesor del Edinburgh Cryosphere y autor sénior de la investigación. “Simplemente, no veríamos el paisaje completo, sino algo mucho más uniforme entre los puntos con datos obtenidos de los trayectos en 2D”, añade el investigador. “Sin embargo, si aplicáramos nuestro método, muy probablemente la superficie de esa capa de hielo sobre los Pirineos (como vemos hoy en la Antártida) contendría colinas y depresiones muy sutiles, quizás con solo unos pocos metros de desnivel, pero suficientes para que esta información permita obtener una estimación mucho más precisa del aspecto de las montañas que se encuentran debajo”, completa.El nuevo trabajo no descubre nuevas cordilleras o grandes lagos bajo el hielo como los desenterrados por Bedmap3. Ya se sabía que bajo el hielo no hay un continente uniforme. De hecho, si se derritiera la capa helada, además de subir el nivel del mar en todo el planeta unos 57 metros, dejaría al descubierto una parte emergida en la porción oriental del continente, pero un archipiélago de grandes islas en la occidental, porque buena parte de ella está bajo el nivel del mar. No parece probable que los humanos lleguen a verlo. Aun con el ritmo de calentamiento actual, harían falta cientos de miles de años, quizá millones, para que la Antártida quedara libre del hielo que empezó a ocultarla hace 34 millones de años. “Nuestro método complementa Bedmap: lo que hemos proporcionado es una visión más precisa de la forma del paisaje entre los puntos donde existen trazas de radar en la Antártida”, destaca Bingham, que forma parte del consorcio internacional de científicos antárticos. Sin embargo, su colega español Jerónimo López va algo más allá. “El nuevo método une a las mediciones disponibles de espesor del hielo la interpretación de la física del flujo glaciar y sus rasgos superficiales, revelados por las recientes observaciones de alta resolución existentes, para identificar con más detalle la topografía existente bajo el hielo”, dice López, un profesor de la Universidad Autónoma de Madrid que fue presidente de SCAR hasta 2016. Tanto López, que no ha intervenido en este estudio, como Bingham, uno de sus autores, destacan la importancia de saber cómo es realmente la Antartida bajo el hielo. “Conocer la topografía oculta bajo el hielo de la Antártida ayuda a entender la interacción entre el hielo y el lecho rocoso y cómo puede ser la respuesta de la Antártida ante el calentamiento”, afirma López. “En el nivel más básico, pero crucial, la forma de la superficie sobre la que fluye el hielo define la fricción que enfrenta este flujo de hielo, lo que a su vez afecta a la rapidez con la que fluirá hacia el mar, se derretirá y, por lo tanto, contribuirá al aumento del nivel del mar”, recuerda Bingham.Con todo, este no será el último mapa de la Antártida. La mejora se concentra en la llamada mesoescala, con resoluciones entre los 2 y los 30 kilómetros. “El hielo interactúa con el lecho rocoso a diversas escalas, no solo a la mesoescala”, recuerda Duncan A. Young, investigador del Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas (Estados Unidos) en un correo. “Si consideramos esto a escala humana, con este mapa podríamos ver las características de las ciudades, pero no de los barrios”, compara Young, que ha publicado un comentario sobre este nuevo método, también publicado en Science. Young confía que, con métodos como el ahora presentado, se obtenga un mapa aún más completo para el próximo Año Polar Internacional, el de 2032-2033.
Un nuevo mapa muestra cómo es la Antártida bajo los 2.000 metros de hielo que la cubren | Ciencia
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