Fueron 13 minutos en los que Benito nos dio una lección de lo que es amar. Amar a la patria, la cultura, el idioma, el continente, la música, el perreo, el tra tra, baby. Y, si lo permiten, es una lección que pocos están tan capacitados para impartir, porque ¿quién sabe más sobre lo que implica amar y defender todas esas cosas que aquellos que han sido colonizados por el imperio más poderoso del mundo? Benito carga a sus espaldas con más de un siglo de colonialismo gringo y resistencia boricua, la de un pueblo que se ha negado a quebrarse bajo el puño del Tío Sam.Un poco de contexto para aquellos que no hicieron sus deberes antes de este Super Bowl: Puerto Rico es desde hace más de 130 años una colonia —territorio no incorporado, le llaman— de Estados Unidos. Sus 3,2 millones de residentes son ciudadanos, pero no pueden votar al presidente de la nación; aunque tienen un representante en el Capitolio de Washington, él tampoco tiene derecho al voto. Tras décadas de negligencia y maltrato por parte del Gobierno federal y los políticos locales, a la pequeña isla caribeña se la conoce como la que se “vacía” porque millones de boricuas se han marchado en busca de todo lo que en casa les ha faltado: estabilidad económica, educación, luz, un techo, comida…Con ese panorama, celebrar la puertorriqueñidad es un desafío al colonizador, sí. Pero hacerlo en la tarima más importante de Estados Unidos, en la televisión nacional y en las narices del presidente que una vez se planteó vender Puerto Rico para no tener que bregar con la catástrofe que dejó el huracán María en 2017, es un acto de amor propio. No olvidemos que Estados Unidos ilegalizó la bandera puertorriqueña a mediados del siglo pasado, esa monoestrellada que Benito alzó durante el show, con el azul correcto, el celeste, no el marino de la pecosa gringa que se nos ha sido impuesto.Que tampoco se nos escape que el reguetón que millones de personas acaban de perrear simultáneamente por todo el mundo fue perseguido en los años noventa; fuerzas del orden locales y la Guardia Nacional allanaron tiendas de discos y confiscaron cintas y CDs del mismo género musical que hoy está en la cima de las charts. Recordemos siempre los 4.645 muertos por María, aquellos que fallecieron por la falta de electricidad porque los postes de luz, como esos que Benito levantó sobre la tarima del Super Bowl, explotaron con el paso del ciclón y nadie se preocupó por arreglarlos durante un año. Casi ocho años después, muchos siguen sin arreglarse y los apagones a los que le cantó Benito son constantes.Demos las gracias a artistas como Ricky Martin por allanar el camino para que Benito pudiese ser Bad Bunny, el artista más escuchado del mundo y el ganador del Grammy al mejor álbum del año, siendo el suyo el primer disco en español en llevarse ese reconocimiento. Acordémonos de que Ricky estuvo ahí con Benito en las protestas del verano de 2019, cuando, a pie de calle, sacamos a un gobernador corrupto.Evoquemos este contexto —y todo el que falta por contar— cuando hablemos del espectáculo de medio tiempo de Benito en las próximas décadas (porque seguiremos hablando de él por años). En un país donde se está persiguiendo, violentando, apresando y deportando a todo aquel que sea diferente al actual inquilino de la Casa Blanca, hay que recordar lo que dijo Benito en el Super Tazón, tal y como él lo denominó, de este domingo: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. El amor por lo tuyo, por todo lo que han intentado quitarnos. Es decir, como dijo mi compatriota: “Seguimos aquí”.

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