
El Foro de Davos comenzó este martes en esa ciudad suiza marcado por el pulso del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, con gran parte de sus aliados tradicionales: la Unión Europea, el Reino Unido, Francia, e incluso su vecino Canadá. El mandatario republicano amenaza con apoderarse de la isla semiautónoma danesa de Groenlandia, pero también amaga con la incorporación a Estados Unidos del territorio canadiense. En este contexto, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció un potente discurso en Davos, que sonó a advertencia directa contra el trumpismo y en el que abogó por plantar cara a la ley del más fuerte con una defensa común.Por su interés, EL PAÍS reproduce íntegra la traducción de la intervención, aplaudida con una ovación en pie, de Carney en el Foro de Davos: “Es un placer, y un deber, estar con ustedes en este momento decisivo para Canadá y para el mundo.Hoy hablaré sobre la ruptura del orden mundial, el fin de una bonita historia y el comienzo de una realidad brutal en la que la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ningún límite.Pero también les digo que otros países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen la capacidad de construir un nuevo orden que encarne nuestros valores, como el respeto por los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de gran rivalidad entre potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales que se reafirma. Y ante esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a apaciguar para llevarse bien. A adaptarse. A evitar problemas. A esperar que la docilidad les garantice la seguridad.No será así.Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él, planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo se mantenía el sistema comunista?Su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero colocaba un cartel en su escaparate: ‘¡Proletarios de todos los países, uníos!’. Él no creía en ello. Nadie cree en ello. Pero coloca el cartel de todos modos, para evitar problemas, para mostrar su conformidad, para llevarse bien con los demás. Y como todos los tenderos de todas las calles hacen lo mismo, el sistema persiste. No solo a través de la violencia, sino también a través de la participación de la gente común en rituales que, en privado, saben que son falsos.Havel lo llamó ‘vivir en una mentira’. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la voluntad de todos de actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar así, cuando el verdulero quita su cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse.Es hora de que las empresas y los países quiten sus carteles.Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos aplicar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima.Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los marcos para la resolución de controversias.Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las diferencias entre la retórica y la realidad.Ese acuerdo ya no funciona.Permítanme ser directo: nos encontramos en medio de una ruptura, no de una transición.Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis en las finanzas, la salud, la energía y la geopolítica pusieron de manifiesto los riesgos de una integración global extrema. Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar.No se puede ‘vivir en la mentira’ del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación.Las instituciones multilaterales en las que confiaban las potencias medias —la OMC [Organización Mundial del Comercio], la ONU, la COP [Conferencia de las Partes, la la cumbre anual de Naciones Unidas sobre el cambio climático]—, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, se han visto muy mermadas. Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar una mayor autonomía estratégica: en materia de energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de combustible o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú mismo.Pero seamos claros sobre adónde nos lleva esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible. Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la apariencia de normas y valores para perseguir sin obstáculos su poder e intereses, los beneficios del ‘transaccionalismo’ serán más difíciles de replicar. Las potencias hegemónicas no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados se diversificarán para protegerse contra la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán sus opciones. Esto reconstruye la soberanía, una soberanía que antes se basaba en las normas, pero que cada vez se fundamentará más en la capacidad de resistir la presión. Como ya he dicho, esta gestión clásica del riesgo tiene un precio, pero el coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que construir cada uno su propia fortaleza. Las normas compartidas reducen la fragmentación. Las complementariedades son sumas positivas.La cuestión para las potencias medias, como Canadá, no es si adaptarse a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La cuestión es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso.Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar fundamentalmente nuestra postura estratégica.Los canadienses saben que nuestra antigua y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras alianzas nos conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado ‘realismo basado en valores’ o, dicho de otro modo, nuestro objetivo es ser pragmáticos y guiarnos por principios [el texto en negrita aparece en el discurso original].Esos principios que nos guían son nuestro compromiso con los valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza, salvo cuando sea conforme con la Carta de las Naciones Unidas y el respeto de los derechos humanos. Somos pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser gradual, que los intereses divergen y que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos comprometemos de manera amplia y estratégica, con los ojos bien abiertos. Aceptamos activamente el mundo tal y como es, sin esperar a que sea como deseamos.Canadá está calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos dando prioridad a una amplia participación para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del orden mundial, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego para el futuro.Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza.Estamos construyendo esa fortaleza en nuestro país. Desde que mi gobierno asumió el poder, hemos reducido los impuestos sobre los ingresos, las ganancias de capital y la inversión empresarial, hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial y estamos acelerando una inversión de un billón de dólares en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y mucho más. Vamos a duplicar nuestro gasto en defensa para 2030 y lo estamos haciendo de manera que se fortalezcan nuestras industrias nacionales.Nos estamos diversificando rápidamente en el extranjero. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, que incluye la adhesión a SAFE, el acuerdo europeo de adquisición de material de defensa.En los últimos seis meses hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes.En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Qatar.Estamos negociando acuerdos de libre comercio con la India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.Para ayudar a resolver los problemas mundiales, estamos aplicando una geometría variable, es decir, diferentes coaliciones para diferentes cuestiones, basadas en valores e intereses.En lo que respecta a Ucrania, somos un miembro fundamental de la Coalición de los Voluntarios y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En cuanto a la soberanía del Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y respaldamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el artículo 5 es inquebrantable. Estamos trabajando con nuestros aliados de la OTAN (incluidos los ocho países nórdicos y bálticos) para reforzar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, entre otras cosas mediante inversiones sin precedentes de Canadá en radares de horizonte lejano, submarinos, aviones y tropas sobre el terreno. Canadá se opone firmemente a los aranceles sobre Groenlandia y pide que se celebren conversaciones específicas para alcanzar los objetivos comunes de seguridad y prosperidad para el Ártico.En materia de comercio plurilateral, defendemos los esfuerzos por tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En cuanto a los minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse del suministro concentrado. En materia de inteligencia artificial, estamos cooperando con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemonías e hypercalers [grandes empresas de servicios de infraestructura y nube privada, que cuentan incluso con millones de servidores].No se trata de un multilateralismo ingenuo. Tampoco se trata de depender de instituciones debilitadas. Se trata de crear coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos. En algunos casos, esto supondrá la gran mayoría de las naciones. Y se trata de crear una densa red de conexiones entre el comercio, la inversión y la cultura, a la que podamos recurrir para afrontar los retos y oportunidades del futuro.Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú.Las grandes potencias pueden permitirse actuar por su cuenta. Tienen el tamaño del mercado, la capacidad militar y la influencia para dictar las condiciones. Las potencias medias, no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con una potencia hegemónica, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes.Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía al tiempo que se acepta la subordinación. En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor o unirse para crear una tercera vía con impacto.No debemos permitir que el auge del poder duro nos impida ver que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos.Lo que me lleva de vuelta a Havel.¿Qué significaría para las potencias medias ‘vivir en la verdad’?Significa llamar a las cosas por su nombre. Dejar de invocar el ‘orden internacional basado en normas’ como si siguiera funcionando tal y como se anunciaba. Llamar al sistema por lo que es: un periodo de intensificación de la rivalidad entre las grandes potencias, en el que las más poderosas persiguen sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción.Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a los aliados y a los rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica procedente de una dirección, pero guardan silencio cuando proviene de otra, estamos manteniendo el cartel en la ventana.Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que se restablezca el antiguo orden, crear instituciones y acuerdos que funcionen tal y como se describe.Y significa reducir la capacidad de influencia que permite la coacción. Construir una economía nacional fuerte siempre debe ser la prioridad de todo gobierno. La diversificación internacional no es solo prudencia económica, es la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posturas basadas en principios al reducir su vulnerabilidad a las represalias.Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Tenemos vastas reservas de minerales críticos. Contamos con la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los inversores más grandes y sofisticados del mundo. Tenemos capital, talento y un gobierno con una inmensa capacidad fiscal para actuar con decisión.Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestra arena pública es ruidosa, diversa y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad.Somos un socio estable y fiable —en un mundo que es todo lo contrario—, un socio que construye y valora las relaciones a largo plazo.Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está sucediendo y la determinación de actuar en consecuencia.Entendemos que esta ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal y como es.Estamos quitando el cartel de la ventana.El antiguo orden no va a volver. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia.Pero a partir de esa fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de fortalecer nuestra posición interna y de actuar juntos.Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos con franqueza y confianza. Y es un camino abierto a cualquier país que desee recorrerlo con nosotros”.
Discurso íntegro de Mark Carney en Davos: “Las potencias medias deben actuar juntas. Si no estás en la mesa, estás en el menú” | Internacional
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