
Aunque parezca sorprendente, la lucha de clases es inevitable también en la burbuja igualitaria de una Villa Olímpica con malas conexiones de internet, refugio de deportistas sanos y amigos, y en deportes tan alejados supuestamente del glamour y el famoseo como el salto de esquí, refugio efímero de jóvenes con alma de pájaro con un cerebro sediento de adrenalina y miedo. De allí surge el ya millonario Ryoyu Kobayashi, con su patrocinador alado, quien como las estrellas de cine o del béisbol, y como los más grandes, no puede pasear por las calles de Japón sin ser acosado.Kobayashi muchas veces se presenta a las competiciones conduciendo su Lamborghini, y los rivales, con sueldos de 2.000 euros al mes, le miran embobados. Son proletarios, nómadas del circuito, que a veces se rebelan, como Filip Raimund, un alemán de 25 años que nunca había ganado ni una prueba de la Copa del Mundo y arrasó en Predazzo, ganando las rondas y maravillando en la segunda, con un salto de 106,5 metros y 58 sobre 60 puntos en estilo, gracias a su magnífico Telemark de aterrizaje. La medalla de plata, más que para un proletario fue para una joven maravilla, un polaco de 18 años llamado Kacper Tomasiak. Los favoritos quedaron lejos. La vida estelar de Kobayashi comenzó hace siete años, cuando en 2019 consiguió la muy improbable gesta de ganar las cuatro competiciones —Oberstdorf, Garmisch-Partenkirchen, Innsbruck y Bischofshofen— de los famosos Cuatro Trampolines que entre Alemania y Austria acompañan los últimos días del año y la resaca del 1 de enero. Así siguió siendo, corregido y aumentado, después de que en Pekín 2022 consiguiera el oro en el trampolín normal, el de 90 metros, aunque se quedara de plata en el grande, el de 150. O desde que su patrocinador le construyó un trampolín especial para que volara 291 metros, récord del mundo no homologado. Y la marea seguirá aumentando aunque no repitiera el oro de Pekín en los viejos trampolines de Predazzo, a 1.014 metros de altitud, con vistas a los Dolomitas, tan cerca de sus rocas pálidas. Su gran objetivo es el triunfo absoluto en el trampolín de 150 metros: “Solo ganando en el trampolín grande podré decir que soy un saltador de verdad”.Hasta que no llegó el primer lunes olímpico, del salto de esquí solo se hablaba por un asunto de entrepierna, morbo y risas soterradas. Según el sensacionalista Bild, hubo saltadores que, desesperados por logra la máxima ventaja en la confección de sus trajes, obligatoriamente ajustados al centímetro a sus magros cuerpos, llegaron hasta a poner en peligro su capacidad viril inyectándose ácido hialurónico en el pene: al crecer este un par de centímetros crecía la holgura para aumentar el tejido en la zona del abdomen y reducir el de las piernas, sustento fatal. El saltador planea más y llega más lejos después de despegar al final del tobogán a 85 kilómetros por hora y antes de aterrizar, 100 metros más lejos, a más de 110 por hora, suave y elegantemente, torso erguido, adelantando un esquí, flexionando las rodillas y abriendo en cruz los brazos en Telemark de libro. No es que Kobayashi, de 29 años, o su eterno rival, el esloveno Domen Prevc, de 26, necesiten trampas para formar en el aire un plano perfecto y aerodinámico con su cuerpo y los esquís abiertos en un ángulo de 29 grados. Ambos han nacido para ello.Cundo Kobayashi tenía tres años, su padre construyó un trampolín de un metro en el jardín. Desde niño, Kobayashi no solo consideró que saltar era más fácil que andar sino que empezó a empaparse en las hazañas de los mitos japoneses del salto: el pionero Yukio Kasaya, campeón olímpico en Sapporo 72, y el más grande de todos, el más puro estilista, el emperador Kazuyoshi Funaki, quien en 1998, al aterrizar su segundo salto en la final de los Juegos Olímpicos en el gran trampolín de Nagano, obtuvo una puntuación de 20 sobre 20 por parte de los cinco jueces. Las raíces en el salto de Prevc también son profundas y familiares, y muy eslovenas, el pequeño país de los grandes talentos, de Doncic, de Pogacar o de Roglic, el ciclista que fue saltador hasta juvenil, se dio un buen golpe y lo dejó, pero siempre que sube a un podio, tantas veces, lo hace ejecutando un Telemark. Un guiño al deporte nacional en sus Alpes. El padre de Prevc es juez de saltos, y sus hermanos también saltan. Y su hermana Nika, de 20 años, ganó la medalla de plata.El trampolín normal fue el aperitivo. El japonés y el esloveno se encontrarán de verdad el sábado en el gran combate del tobogán largo, el verdadero.
Rebelión proletaria en el trampolín | Deportes
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