
La Super Bowl tiene, como casi todo en el deporte estadounidense, sus rituales extradeportivos: juntarse con amigos a ver la final de la Liga Nacional de Fútbol Americano (NFL), comer alitas de pollo y beber cerveza, comentar los anuncios por los que las marcas pagan auténticas millonadas, criticar la actuación musical del intermedio y apostar. Apostar mucho. Se calcula que tanto como 1.500 millones de dólares, un récord que se batirá en torno al partido que se celebra este domingo en el estadio de los San Francisco 49ers. La novedad este año es también que la pregunta de si ganarán los Seattle Seahawks o los New England Patriots (equipo de Boston) no solo se formula en las casas de apuestas digitales (digamos) tradicionales, sino también en esas webs de predicción que viven una auténtica edad dorada en este país. Lo mismo elucubran sobre cuándo piensa el presidente, Donald Trump, atacar Irán, como acerca del resultado del evento deportivo más seguido del año en Estados Unidos, con una audiencia de unos 130 millones que no para de crecer en todo el mundo. Los usuarios de Polymarket, tal vez el más popular de esos mercados de futuros de andar por casa, daban este viernes por la noche (hora de San Francisco, nueve más en la España peninsular) una probabilidad de victoria para los Seahawks del 69% frente al 31% de los Patriots.No importa que a estos últimos les asista la costumbre: la del domingo será su decimosegunda final. Si ganan, se convertirán en la franquicia más laureada de la historia de la NFL, con siete títulos (por seis de los Pittsburgh Steelers). En 2015, conquistaron el cuarto trofeo Lombardi de su palmarés contra… los Seattle Seahawks. Iban perdiendo de 10 a menos de ocho minutos del final, pero se acabaron imponiendo (28-24), en una última jugada que pasó a la historia del vértigo. Imagen del encuentro entre New England Patriots y los Seattle Seahawks en la Super Bowl de 2015.MediaNews Group/Boston Herald via Getty Images (MediaNews Group via Getty Images)Aquellos eran los Patriots de Tom Brady en la posición de quarterback y de Bill Bellichick como entrenador. Hoy, con Brady metido a comentarista televisivo con la sonrisa congelada y Belichick en el fútbol universitario, estos son los Patriots de Drake Maye, un muchacho de 23 años que este domingo llama a las puertas de la leyenda en la Super Bowl, por más que esta semana perdiera por un punto la votación de jugador de la temporada frente a otro quarterback, de Los Angeles Rams, Justin Herbert. (Y si este dato le parece superfluo, recuerde que una concursante de Pasapalabra ganó, también esta semana, el bote de 2,7 millones de euros al acertar quién conquistó ese honor en 1968: Earl Morrall).Enfrente, y en la misma posición, Maye tendrá a Sam Darnold, quarterback de los de Seattle. Está a 60 minutos (los reglamentarios de una final que, entre una cosa y otra, se puede ir a las cuatro horas) de coronar una temporada extraordinaria, en la que los Seahawks han firmado 14 victorias por tres derrotas (y de ahí que sean los favoritos). Si lo logra, también será el protagonista de una de esas historias de redención que animan la mitología del deporte estadounidense: la de un jugador al que hace unos años archivaron como a una promesa rota y que, según dijo esta semana, aprendió este año a elevarse “por encima de sus errores”. Cruce inesperado Tal vez porque casi nadie habría apostado por el cruce de esta Super Bowl cuando arrancó la temporada, el morbo deportivo previo al partido ha quedado ampliamente superado por la atención al segundo plato: la actuación del intermedio, para la que la NFL escogió al músico puertorriqueño Bad Bunny. La decisión cabreó a Trump y al movimiento MAGA (Make America Great Again), que consideran que un artista latino de música urbana que hablará en español y que ha mostrado veleidades queer en el pasado no es lo suficientemente estadounidense para conquistar el lugar más codiciado por la industria musical de este país. Esos ataques (y la pataleta de organizar un show paralelo con artistas de country blancos poco memorables, encabezados por, ejem, Kid Rock) han puesto toda la presión sobre Bad Bunny, cuya aportación es todavía una incógnita. El sapo concho de Bad Bunny emerge como cartel de protesta anti-ICE antes de la Super Bowl.Mikaela Viquiera (EFE)Se puede adivinar más o menos cuál será el repertorio de los 13 minutos en los que se colocará en el centro de todas las miradas del que, para bien o para mal, es el evento musical más publicitado del año en Estados Unidos. ¿Quiénes serán sus invitados? ¿Habrá alguna referencia política durante la actuación? Y, sobre todo… ¿Se presentará la policía migratoria de Trump, el temido ICE, en las inmediaciones del estadio en el que se juega el partido a la caza del inmigrante irregular?Tanto la NFL como la Administración de Trump han prometido que no habrá redadas, aunque eso no haya impedido que las organizaciones locales en defensa de los migrantes hayan entrenado a un ejército de voluntarios para responder a esa eventualidad. Tampoco, que la música de Bad Bunny suene a todo trapo desde los coches que circulan estos días por el centro de San Francisco como la melodía desafiante de una ciudad que de momento se ha librado de que Trump les mande a su policía migratoria.Pese a que la final se celebra a una hora de San Francisco, en el Levi’s Stadium, cerca de San José, es la gran urbe en mitad de la bahía del mismo nombre la que ha cargado con el peso de la celebración de la semana de la Super Bowl. Todos los eventos previos se han programado en el centro de convenciones Moscone. Así que a las decenas de miles de aficionados venidos de todo el país —y del mundo entero— no les quedará el domingo más remedio que entonar el viejo éxito de Dionne Warwick Do You Know the Way to San Jose? (¿conoces el camino a San José?). Más les vale encontrarlo, si no quieren perderse la gran final, con todos sus rituales extradeportivos.
Una nueva generación llama a las puertas de la leyenda en la Super Bowl | Deportes
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